Pronto se cumplirán 50 años desde que el 8M se convirtió en España, legalmente, en ocasión para las reivindicaciones de las mujeres en la lucha por sus derechos: desde el clamor por un puesto de trabajo sin discriminación y por la igualdad salarial, hasta por el divorcio y el derecho a decidir sobre su maternidad y su salud reproductiva. Después, el 8 de marzo se convirtió también en una oportunidad de empoderamiento colectivo por las conquistas en igualdad, es decir, por los cambios conseguidos en el proceso de transformación de la sociedad y en la ampliación de los espacios de democracia. Porque eso es, en definitiva, lo que han significado los avances del feminismo, los avances en la igualdad.
Y, sin embargo, un año y otro año, cada 8M nos indignamos gritando contra la violencia machista, ese “terrorismo doméstico” que en los dos últimos meses ha asesinado a diez mujeres y dos niños (1.355 mujeres y 67 menores víctimas de violencia vicaria desde 2003) y recordando también que se necesitan redes de apoyo, además de la protección estatal, porque del círculo de la violencia se sale.
Si la guerra y el imperialismo constituyen la máxima expresión de la violencia patriarcal, este 8M, como hace 23 años, las voces de las mujeres también estarán con el ‘¡No a la guerra!’ porque sabemos que no es el medio para liberar a las mujeres iraníes del yugo teocrático que las somete, y porque el feminismo es una fuerza de paz que se ha posicionado siempre en contra de las guerras, antes y ahora, tanto ante los bombardeos de Estados Unidos e Israel en Irán o Líbano, como en el rechazo al genocidio perpetrado por el ejército sionista en Gaza.
Este mundo, en el que las reglas han desaparecido y en el que la “ley del más fuerte” se impone a nivel internacional, tiene su reflejo en las relaciones más cercanas, allí donde el matonismo de la ultraderecha empieza por acosar anónimamente en las redes para pasar a las agresiones “a cara descubierta” de individuos concretos a mujeres feministas concretas. Tratan así de silenciar la voz de las mujeres que acceden al espacio público y manifiestan en su vida y sus actos que la conquista de la igualdad y la autonomía personal son posibles y deseables. Asistimos, al mismo tiempo, a la moda del antifeminismo como última tendencia: la imposición de la sumisión, la modestia y la aceptación de los roles tradicionales se viste de “alto valor”, de rebelión juvenil y de modernidad. Pero no hay nada nuevo: son las normas de la más rancia tradición franquista, de la época de la “mujer muy mujer”, la mujer muy femenina, fiel, sumisa y agradable. Es un intento más de que, a través de la resignificación lingüística y de la romantización, “el pasado avance”. Tenemos así la impresión de que nuestra juventud mayoritariamente se opone a la igualdad. Ahora bien, aunque el Barómetro de Juventud y Género detecta que las posiciones negacionistas entre los jóvenes (“la violencia de género no existe, es un invento ideológico”) han subido hasta el 20%, el Consejo de la Juventud de España advierte que el análisis de los datos muestra que “más de 7 de cada 10 jóvenes se sitúan en posiciones favorables, al menos, a los principios básicos de igualdad”, porque no es la edad la variable que explica la misoginia, sino el género, la ideología y el nivel educativo. Luego, más que la desmoralización interesa el estudio de nuevas formas de educar en igualdad.
Desde esa perspectiva, la Fundación CIVES, ha recurrido a la memoria como eje educativo, porque como decía Almudena Grandes, “es un error pensar que la memoria tiene que ver sólo con el pasado. Tiene que ver con el presente y con el futuro, porque si no sabemos de dónde venimos no podremos saber quiénes no queremos ser ni a quien nos queremos parecer”.
Dentro del programa “Memoria, escuela y democracia”, en convenio con la Secretaría de Estado de Memoria democrática, se enmarca el libro Educar en dictadura vs educar en democracia, editado por Morata y compuesto por 10 monografías que, partiendo de dicha contraposición, facilite al profesorado y a la ciudadanía en general, una reflexión para la intervención educativa libre de errores y añoranzas autoritarias y populistas.
La misma línea sigue la investigación sobre Las maestras rurales de Cáceres durante el franquismo. Mujeres que generosamente han ofrecido su memoria para reflexionar sobre su ejercicio del magisterio en condiciones de precariedad material, de vigilancia ideológica y subordinación de género. De su experiencia docente, cuando la escuela era un instrumento de adoctrinamiento y de control social, y ellas las encargadas de transmitir los valores oficiales del nacionalcatolicismo, podemos extraer las claves para comprender la importancia de una educación democrática y la formación de una conciencia crítica. Del mismo modo, podemos apreciar la importancia de defender los derechos de las mujeres a partir de su experiencia vital: como funcionarias públicas y mujeres recaían sobre ellas rígidas expectativas de ejemplaridad moral, obediencia y subordinación patriarcal, sometiendo su vida personal y su vida profesional a una exhaustiva vigilancia y control.
Con la memoria de las que nos precedieron, saldremos a las calles un año más, para exigir el fin de cualquier forma de discriminación y violencia machista; saldremos a la calle para disuadir de cualquier intento que ponga en peligro los derechos conseguidos, y saldremos juntas porque conocemos la importancia de las acciones colectivas por pequeñas que sean o por simples que parezcan.
¡Juntas por los derechos de todas!